Pròleg

Prologo I - Presagio al amanecer (Calimport I)

1 de Eleint (Septiembre) de 1372

      Nunca deja de maravillarme cómo despierta Calimport cada mañana, incluso cuando el sol todavía duda en asomarse por el horizonte y la bruma marina se aferra a las callejuelas como un manto de plata. Las campanas de los descargadores ya han sonado en el puerto, los cargadores de especias gritan los primeros precios y los trikares revisan sus primeras vasijas, pues nada debe salir en mal estado si pretende llegar a la mesa de algún adinerado. Y aquí estoy yo, Humran ibn-Salif, mayordomo del excelentísimo visir Haran el Gris, recorriendo las arterias de esta ciudad que late con un ritmo tan antiguo como la arena misma.

Dicen que el sultán Ralan el Pesarkhal es el corazón de Calimport… y quizá lo sea. Pero son sus seis visires los que actúan como la sangre que lleva su mandato a cada rincón. Tres tradicionalistas, guardianes de las costumbres, tres reformistas, soñadores de nuevas sendas… y entre ambos grupos se teje ese equilibrio tan frágil y, sin embargo, tan próspero. Mi señor, Haran, era —es, me digo todavía— la voz más firme de los guardianes de lo antiguo: prudente, templado, sabio como las piedras de la Gran Biblioteca. Gracias a él, y a quienes como él entienden que el cambio debe llegar como el riego a las palmas y no como un torrente que arranca las raíces, la ciudad goza de orden, de justicia y, sobre todo, de continuidad.

Atravesar el Zoco de los Nacares a estas horas es una delicia reservada solo a quienes tenemos los pasos permitidos por esta zona de los más adinerados. Aquí no hay mercachifles voceando trastos ni vendedores de pescado podrido. Aquí, cada puesto es una obra de arte: sedas de Thay dispuestas como cascadas de luz, perfumes de Chult que embriagan a metros de distancia, joyeros que trabajan la plata con la paciencia de los sabios. Miro a izquierda y derecha y reconozco los estandartes de los gremios: los Sirdan ya están en plena faena, examinando los últimos cargamentos de gemas encantadas que llegaron anoche con la luna creciente; más allá, los Vireh charlan en corrillo con dos mercaderes de caravanas, quizá tanteando nuevas rutas de tributo o favores, siempre con esa sonrisa que no deja ver si ofrecen dádiva o exigen servidumbre. Los Qasrim han enviado una pareja de vigilantes, rígidos como lanzas, a revisar las balanzas, y uno casi puede sentir cómo se crispan cuando ven a los Al-Zamir supervisar las cajas de recaudación de aranceles. Es un juego eterno, pero uno que mantiene la maquinaria en marcha.

Al doblar una esquina, la sombra del Templo del Ojo Silente se proyecta sobre la calle, oscura y siniestra incluso a plena luz. Nunca me he sentido cómodo cerca de ese lugar. Dicen que ni la antorcha más brillante sobrevive tras sus puertas, y que los ecos de su interior pertenecen más a la Dama de la Noche que a este mundo. Irtemara el Eradsari… solo oír su nombre me eriza la piel. ¿Qué secretos guarda ahí dentro? Mejor no preguntarlo.

¡Ah, el comercio! Qué sería de Calimport sin su comercio. Aquí, bajo estos toldos de colores, se encuentran las riquezas de Faerûn y aun más allá. Seda de Kara-Tur, especias de Zakhara, alfombras que cuentan historias en sus nudos, gemas que reflejan cielos que nunca hemos visto. Todo tiene su precio, por supuesto; y si uno está dispuesto a pagarlo, nada es inalcanzable. Ni siquiera los caprichos más oscuros. Miro, sin demasiado disimulo, la subasta que se prepara en la esquina del Patio de los Siete Vientos: hoy traen esclavos de buena cepa, jóvenes de las islas del sur, fornidos y de mirada mansa, y también dos muchachas rubias de los reinos del norte, de esas que se pagan con oro por su rareza. El pregonero alza la voz anunciando que el lote especial incluye una nodriza entrenada y un escriba que sabe cinco lenguas. Buen día para quien busque aumentar su casa con siervos útiles. Pienso en hacer una nota mental: al señor le agrada tener escribas de buena pluma, quizá deba pujar en su nombre.

Mientras avanzo, la brisa del mar trae el aroma salobre mezclado con el dulzor del trika recién abierto. Pienso en el sultán. Hace semanas que no se deja ver en público, y aunque las malas lenguas insinúan achaques propios de la edad, yo no presto oídos a tales rumores. Ralan el Pesarkhal ha llevado esta ciudad a una era de estabilidad que ni los mapas más antiguos recuerdan. Fue él quien reorganizó los gremios tras las Guerras de los Acechadores Oscuros; él quien salvó la línea sucesoria cuando los traidores intentaron desangrar el trono; él quien, con mano firme pero corazón magnánimo, ha sabido mantener a raya tanto a los reformistas impacientes como a los tradicionalistas excesivamente rígidos. Si guarda reposo, será por consejo de los astrólogos… o quizá porque dedica su atención a su hijo, Jalid el Pesarkhal, que se encuentra de viaje aprendiendo las sendas del comercio, la diplomacia y la guerra que un día heredará.

Mi ruta me lleva ahora por la Avenida de los Mil Candiles, una calle ancha, flanqueada de palacios donde los portales son tan altos como la ambición de sus dueños. Aquí las carrozas de los comerciantes hechiceros se cruzan con las de los príncipes de la seda, y cada uno intenta aparentar modestia mientras cuenta sus monedas en secreto. Frente a mí, la Casa de Té “Los Vientos Cambiantes” exhala su aroma dulce y especiado: allí descansan mercenarios, allí escuchan los eruditos, allí se cierran tratos que no siempre se firman. Dimhra Kurma, su dueña, puede ser tu esperanza de encontrar trabajo, una salida o la verdugo que con una nota suya ponga precio a tu cabeza.

Pero hoy no hay tiempo para té. Hoy siento un ligero malestar, una punzada que me acompaña desde que amanecí. Quizá sea la carta que llegó anoche, sellada con la cera del visir, citándome de urgencia a su residencia principal. No es habitual que mi señor despierte antes que el sol; es hombre de hábitos pausados, de desayunos largos y tertulias meditadas. Algo le preocupa, y si algo preocupa a Haran el Gris, es algo muy a tener en cuenta para la ciudad.

Doblo la última esquina y allí está la residencia: austera, de piedra caliza, con los jardines interiores perfumando discretamente la calle. El portón está entreabierto. Extraño. Siempre está cerrado a esta hora. Empujo con cuidado, llamando a los porteros, a los criados… silencio. Solo el eco de mis pasos responde.

Camino por el vestíbulo, notando una ligera capa de polvo que no debería estar allí. Las alfombras no han sido sacudidas, las lámparas no han sido encendidas. Es como si la casa entera hubiera contenido la respiración. «¿Señor?», murmuro, avanzando hacia el despacho. La puerta de cedro está entornada. Entro. Y entonces lo veo.

La silla vacía. La mesa con los anillos —sus anillos— alineados sobre ella. Y una montaña de ceniza, gris y fina, depositada justo donde debería estar su sombra.
Mi corazón se acelera. Extiendo la mano, murmuro el conjuro menor de clarividencia que me enseñó el propio Haran para las noches de sospecha. La bruma arcana revela lo que temo: la ceniza palpita, y se dispersa. Son restos humanos.

Mi señor… mi señor Haran, ¿qué os ha sucedido? ¿Por favor que no seáis vos?

La balanza… se ha roto.

Prólogo II - El anochecer de la profecía (Calimport I)

20 de Eleint (Septiembre) de 1372

           El sol se hunde en las aguas del mar resplandeciente como un pedazo de bronce incandescente, y la ciudad exhala su aliento más pesado cuando las sombras empiezan a reclamarla. El atardecer es cuando Calimport muestra su verdadero rostro: no ese que venden a los mercaderes ricos ni el que alaban los visires en sus palacios, sino el rostro ajado, cansado, ennegrecido por la codicia que la asfixia.

Camino entre las callejas del Bajo Zoco, allí donde el perfume de las especias no tapa el hedor a cuerpos sin techo y a sueños rotos. Las piedras aquí guardan lágrimas que nadie cuenta, y cada rincón oculta un niño que aprendió demasiado pronto que la compasión no alimenta. Aprieto la máscara blanca contra mi rostro: fría, sin expresión. Prefiero que vean la máscara y no la cicatriz que me quema todavía el lado derecho de la cara y del cuello. Esa herida… recuerdo su olor a ozono, la descarga que me arrancó la piel cuando me interpuse entre unos mercaderes y aquella muchacha. Querían comprarla como si fuera grano. Ella escapó; yo quedé marcado.

El puerto… ah, siempre bulle. Pero no todos los barcos traen riquezas: algunos traen cadenas, otros hambre. Veo los cargadores encorvados bajo el peso de mercancías que jamás podrán poseer. Veo a los recaudadores que apuntan cada saco, cada moneda… no para la ciudad, sino para llenar las arcas de quienes ya tienen demasiado. Y la gente, esa multitud cansada, ni siquiera mira. Han aprendido que mirar duele.

El Templo del Ojo Silente se recorta en el horizonte como una sombra de olvido, puro como la noche sin estrellas, Irtemara el Eradsari… He oído su nombre en los susurros de los que temen vivir y de los que no saben morir. Guardiana de un poder que lo podría cambiar todo, parece no querer hacer nada, será miedo a la verdad o simplemente quiere seguir viviendo de la sangre de esta ciudad.

Sigo caminando. El Zoco de los Nácares está a punto de cerrarse: los toldos bajan, las lámparas se encienden. Aquí el oro habla más alto que la sangre. Veo a los adinerados guardando sus cofres, a los eruditos repartiendo sonrisas envenenadas, a los Amires contando impuestos hasta de la miseria. Y, entre ellos, las subastas que llaman “justas”: carne humana ofrecida al mejor postor. Un escriba, una nodriza, una niña de ojos verdes… todos etiquetados, todos tasados. Siento la cicatriz arder. Siento los dedos tensarse.

Cruzo hacia los suburbios. Aquí la luz de los mil candiles no llega; aquí la ciudad deja de fingir. Las casas son conchas vacías, los niños juegan con barro, las madres venden lo que queda de sí mismas para alimentar a los suyos. Y aun así, llaman al sultán el corazón de Calim. ¿Qué corazón late dejando que su piel se pudra? ¿Qué decisiones toma cuando los visires son el verdadero cerebro? Codiciosos, hedonistas y sin escrúpulos. Corazón… la palabra me golpea. El Corazón de Calim. Perdido, olvidado. Dicen que los antiguos djinns lo dejaron como ancla de poder, una chispa capaz de devolver la vida a estas calles o de quemarlas hasta la raíz. Nosotros sabemos dónde estuvo, sabemos quién lo busca y quién teme su regreso. No somos muchos, pero seremos suficientes.

Llego a la casa sin nombre, en la tercera curva del callejón de los Candiles Muertos. Tres golpes, dos silencios, una pausa. La puerta se abre. El olor a incienso barato me recibe como siempre. Dentro, decenas de máscaras blancas giran hacia mí. No hay saludo hablado: todos inclinan la cabeza. Respeto. No a mí, sino a lo que represento.

— Za’ïm —susurra uno—. ¿Viste la ciudad sangrar hoy?

—La vi ahogarse —respondo, mientras la máscara me devuelve mi propia mirada vacía.

La reunión comienza. Pronto hablaremos de rutas, de nombres, de movimientos. Pronto, la noche será nuestra aliada.

Porque mientras ellos juegan con cadenas y monedas… nosotros buscamos el Corazón.

Y el atardecer de Calimport… no es el final. Es el presagio.

Epílogo - Destinos entrelazados (Calimport I)

20 de Alturiak (Febrero) de 1373

El sol se deshacía lentamente sobre las aguas del puerto, tiñendo de cobre y oro las cúpulas, las terrazas y los mercados todavía abiertos. Desde lo alto de un edificio de piedra blanca y balcones labrados, un joven observaba la ciudad con un brazo sobre la rodilla flexionada, la otra pierna colgando y la espalda apoyada contra una columna erosionada por el viento salino. Las calles hervían con el bullicio habitual de mercaderes recogiendo sedas, niños correteando entre puestos de especias y músicos callejeros arrancando las últimas monedas de los viajeros antes de la noche. Las lámparas empezaban a encenderse una a una como estrellas atrapadas en el entramado infinito de callejones.

Parecía paz. Y, sin embargo, él solo veía grietas.

Los rumores sobre el sultán crecían. Algunos decían que hablaba con sombras invisibles; otros, que olvidaba el nombre de sus propios visires. Incluso había quien juraba que llevaba semanas sin abandonar sus aposentos. Mientras tanto, los visires extendían sus dedos sobre la ciudad como arañas pacientes, gobernando en su nombre con sonrisas suaves y decretos venenosos.

Y los gremios… Ah, los gremios.

El Gremio Al-Zamir llenaba sus arcas mientras compraba voluntades en los mercados y puertos. El Gremio Vireh escuchaba secretos entre humo y opio, comerciando con información como otros comerciaban con oro. El Gremio Sirdan nutria sus bibliotecas de libros prohibidos y sus cofres de artefactos exóticos. Incluso el orgulloso Gremio Qasrin parecía más preocupado por conservar su influencia que por proteger realmente a quienes caminaban bajo sus estandartes.

Todos aprovechaban las aguas turbias. Todos afianzaban posiciones.

Pero desde allí arriba, todo aquello parecía pequeño. Sombras deslizándose bajo una ciudad hermosa. Invisible para quienes aún podían permitirse vivir ignorándolo.

Un leve golpeteo rompió sus pensamientos. Un pájaro descendió hasta la cornisa cercana con un breve aleteo elegante. Tenía plumaje oscuro, casi azul bajo la luz del atardecer, y pequeñas manchas blancas alrededor del cuello que parecían diminutas estrellas. Ladeó la cabeza con curiosidad antes de comenzar a picotear distraídamente la piedra.

El joven lo observó en silencio. Una criatura inocente. Libre de preocupaciones. Libre de comprender. Como la mayoría de la gente de Calimport. Vivían entre perfumes, seda y promesas de prosperidad sin darse cuenta de la serpiente que reptaba bajo sus pies. La corrupción se deslizaba por los palacios, por los templos y por los callejones con la misma facilidad con la que el incienso llenaba una estancia cerrada. Y mientras tanto, la ciudad seguía sonriendo.

Porque era más fácil no mirar. Porque el sistema estaba diseñado para ello. Una jaula hecha de lujo. Un nudo de especias, oro y sangre que terminaba ahogando a cualquiera que todavía conservara algo de bondad. Tenía que cambiar. Aunque hubiese que romper la ciudad para hacerlo.

El joven cerró los ojos un instante. Una suave distorsión del aire vibró a su espalda. No hubo explosión ni estruendo. Solo un murmullo de viento cálido y el aroma lejano de tormenta en el desierto. Cuando abrió los ojos, ella ya estaba allí.

La joven parecía surgir de un sueño imposible: piel de tono cobrizo brillante bajo la luz del crepúsculo, ojos completamente dorados y un cabello oscuro moviéndose como humo pese a la ausencia de viento. Finos brazaletes recorrían sus antebrazos y pequeñas motas azuladas danzaban alrededor de su silueta antes de desvanecerse lentamente en el aire.

La joven se inclinó con respeto.

—Todo está preparado —dijo con voz calmada—. Los contactos del Gremio han movido a los guardias de la zona este y nuestros aliados ya están dentro. Solo quedan un par de pasos más.

El joven guardó silencio unos segundos mientras observaba nuevamente la ciudad.

—Entonces ha llegado el momento.

Ella dudó apenas un instante.

—Aún puedes echarte atrás.

Una sonrisa amarga cruzó el rostro del muchacho.

—No después de todo lo que le prometí.

No añadió ningún nombre. No hacía falta.

La mirada de la joven descendió apenas un segundo hacia las cicatrices que recorrían el lado izquierdo de su rostro antes de volver a erguirse. Él tomó entonces una máscara blanca de entre los pliegues de su túnica. Lisa. Sin adornos. Fría como hueso pulido. Y cuando la colocó sobre su cara, las cicatrices desaparecieron bajo aquella expresión vacía e inhumana.

Durante un instante permanecieron inmóviles sobre la cornisa, observando las luces de Calimport encenderse bajo ellos como un océano de fuego. Después, sin decir una sola palabra más, ambos se dejaron caer al vacío. Y la ciudad los acogió entre su bullicio.

Prologo I - Terremotos bajo la arena (Calimport II)

12 de Eleint (Septiembre) de 1373

La noche había caído sobre Calimport con una serenidad casi irreal. La luna, apenas velada por unas finas nubes, bañaba los jardines del palacio del Sultán con una luz plateada que hacía brillar las fuentes de mármol y los senderos de piedra blanca. El murmullo constante del agua se mezclaba con el canto lejano de los grillos, mientras el perfume de los jazmines y los naranjos impregnaba el aire cálido de la noche. A esas horas, el corazón del palacio parecía inmune al caos del resto de la ciudad, como si tras aquellos altos muros la guerra, la corrupción y las conspiraciones fueran problemas de un mundo distinto.

Dos guardias recorrían lentamente uno de los senderos exteriores. Caminaban sin prisa, intercambiando comentarios para combatir el tedio de una guardia demasiado tranquila.
—Dicen que Su Excelencia lleva días sin dormir.
Su compañero resopló con una sonrisa cansada.
—Dicen muchas cosas.
—¿Y si esta vez es verdad?
El veterano negó con la cabeza sin detener el paso.
—Mientras los visires sigan diciendo que todo está bajo control, nuestro trabajo es patrullar, no pensar.

No llegó a terminar la frase. La pared de mármol situada junto al jardín onduló lentamente, igual que la superficie de un lago cuando una piedra rompe su calma. Tres figuras humanoides la atravesaron sin romper un solo bloque de piedra. No caminaban; parecían deslizarse sobre el suelo con un movimiento antinatural. Sus cuerpos estaban formados por sombras azuladas recorridas por tatuajes de plata que latían bajo una piel inexistente, y donde deberían encontrarse sus pupilas únicamente brillaban dos ojos completamente plateados.

Los guardias apenas tuvieron tiempo de llevar la mano a la empuñadura de sus espadas. Las figuras comenzaron a solidificarse mientras el humo azulado retrocedía lentamente hasta revelar a tres jóvenes vestidos con largas túnicas oscuras. Sus rostros permanecían ocultos tras máscaras blancas completamente lisas, frías e inexpresivas.
El del centro dio un único paso. Su espada abandonó la vaina con un susurro metálico tan breve que casi pasó desapercibido. Nadie llegó a verla moverse. Cuando el acero volvió a quedar inmóvil, los dos guardias permanecían aún de pie durante una fracción de segundo antes de desplomarse sobre los adoquines. Solo entonces apareció la sangre. Un silencio imposible envolvió el jardín.

Después sonó la primera campana de alarma.

El palacio entero despertó de golpe. Órdenes cruzadas comenzaron a resonar por patios y corredores mientras decenas de soldados ocupaban posiciones a toda velocidad. Los ecos de «¡Proteged al Sultán!», «¡Cerrad los accesos!» o «¡Arqueros a las galerías!» se mezclaban con el sonido de armaduras chocando y puertas cerrándose apresuradamente. Sin embargo, los tres desconocidos no parecían tener prisa. Continuaban avanzando con la misma calma con la que habían atravesado el muro.

El primer grupo de soldados intentó detenerlos formando una sólida línea de escudos. El joven de la espada aceleró apenas un instante. Fue un movimiento limpio, casi elegante. Su hoja describió un único arco y, de pronto, los escudos aparecieron partidos por la mitad. Las lanzas cayeron al suelo. Cinco hombres se desplomaron sin haber comprendido siquiera cómo habían sido derrotados. Los otros dos ni siquiera habían desenfundado arma alguna.
Uno levantó lentamente una mano y todas las lanzas arrojadas contra ellos quedaron suspendidas en mitad del aire, inmóviles, antes de perder toda fuerza y caer al suelo como simples trozos de madera. El otro trazó un breve símbolo con los dedos. Las antorchas que iluminaban el corredor se apagaron al unísono, envolviendo la estancia en una oscuridad absoluta durante apenas un instante. Cuando la luz regresó, varios soldados ya yacían inmóviles sobre el mármol.

Mientras tanto, en las profundidades del palacio, dos sirvientas ayudaban al anciano Sultán a caminar por los interminables pasillos de piedra. El viejo parecía incapaz de comprender el motivo de tanta agitación. Miraba a uno y otro lado con expresión perdida mientras preguntaba con voz temblorosa:
—¿Por qué hacen tanto ruido?
—Majestad, debemos marcharnos —respondió una de las mujeres con una serenidad forzada.
—¿Es una celebración?
Ninguna contestó. Un capitán de la guardia abrió una pesada puerta reforzada y esperó hasta que el anciano cruzó el umbral. En cuanto lo hizo, varios soldados empujaron enormes travesaños de hierro contra la madera. Después hicieron lo mismo con la siguiente puerta. Y con la siguiente. Cada corredor abandonado se convertía en una fortaleza improvisada, levantando una barrera tras otra para ganar apenas unos minutos más. Sin embargo, los atacantes continuaban avanzando.

Desde las galerías superiores, una lluvia de flechas descendió sobre ellos. Uno de los jóvenes alzó lentamente la vista y murmuró unas palabras en un idioma que ningún guardia reconoció. Las flechas cambiaron de trayectoria en pleno vuelo. Algunas chocaron entre sí; otras giraron sobre sí mismas antes de clavarse en columnas y paredes. Ninguna alcanzó su objetivo. Los magos del palacio ocuparon entonces la retaguardia. Descargas de fuego, relámpagos y lanzas de hielo recorrieron los corredores iluminando la noche con destellos cegadores. Los dos acompañantes del espadachín dieron un paso al frente y, para horror de todos los presentes, los conjuros comenzaron a deshacerse antes siquiera de impactar. La magia era absorbida lentamente por los tatuajes plateados que recorrían sus brazos, igual que agua desapareciendo entre la arena del desierto. El joven del centro ni siquiera levantó la mirada hacia ellos. Su espada parecía conocer el futuro. No desperdiciaba un solo movimiento. Cada corte encontraba un hueco imposible entre las defensas; cada estocada era suficiente. No había rabia en sus gestos ni violencia innecesaria. Solo una precisión aterradora, como si hubiera repetido aquella misma batalla cientos de veces antes de vivirla.

La última puerta cedió con un estruendo ensordecedor. Una explosión de energía arrancó los goznes de cuajo y las enormes hojas de madera salieron despedidas varios metros antes de estrellarse contra el mármol de la sala del trono. Durante un breve instante, el silencio sustituyó al caos. El anciano Sultán permanecía sentado en su trono, jadeando, mientras las dos sirvientas se colocaban instintivamente frente a él. Envuelto todavía por el polvo y los restos de la puerta destrozada, el grupo de los tres enmascarados continuó avanzando sin prisa, con la misma calma inexorable con la que había atravesado todo el palacio.

El viejo levantó lentamente la cabeza y fijó la vista en el arma que portaba el joven situado en el centro. Durante unos segundos pareció despertar de la niebla que había cubierto su mente durante los últimos meses. Sus ojos recorrieron la empuñadura, la guarda y la hoja con una atención impropia de alguien que apenas recordaba el nombre de sus propios visires. Alzó una mano temblorosa mientras una sonrisa cansada comenzaba a dibujarse en su rostro.
—Esa espada… pertenece a la familia real…
Su voz era poco más que un susurro, pero en aquella estancia devastada sonó con una claridad inquietante. Permaneció observando al joven durante unos segundos más, como si intentara reconocer unos rasgos ocultos tras la máscara blanca.
—¿Has vuelto… hijo mío?
No respondió, el joven permaneció inmóvil apenas un instante, con la espada descansando junto a su costado, hasta que una de las sirvientas dio un paso al frente. Su cuerpo comenzó a desdibujarse igual que un reflejo sobre el agua. La piel adquirió un brillo cobrizo que parecía emitir luz propia; su cabello oscuro empezó a ondular como humo pese a la absoluta ausencia de viento y, cuando volvió a levantar la cabeza, sus ojos se habían convertido en dos discos completamente dorados. Decenas de pequeñas motas azuladas comenzaron a girar a su alrededor, llenando la estancia de un tenue zumbido arcano.

Los dos acompañantes del espadachín reaccionaron de inmediato. La magia estalló con una violencia que hizo temblar los cimientos del palacio. Columnas de fuego azul chocaron contra barreras doradas; lanzas de energía atravesaron la sala para deshacerse en el aire antes de alcanzar su objetivo, mientras símbolos arcanos aparecían y desaparecían sobre el suelo, las paredes y el techo. Los ventanales reventaron hacia el exterior en una lluvia de cristales, los pilares comenzaron a resquebrajarse y el mármol se abrió bajo el impacto de conjuros demasiado poderosos para ser contenidos entre cuatro paredes. Uno de los atacantes extendió ambas manos y una inmensa red de runas plateadas cubrió el techo de la sala. Desde ella descendieron decenas de proyectiles luminosos, pero el joven de ojos dorados respondió con un simple gesto. El espacio pareció plegarse sobre sí mismo y las descargas desaparecieron en pequeños remolinos de luz para reaparecer un instante después sobre sus propios lanzadores. Las explosiones se sucedieron unas tras otras, iluminando la estancia con destellos cegadores y envolviendo el salón del trono en una tormenta de fuego, piedra y energía.

En medio de aquel duelo imposible, el joven del centro ni siquiera desvió la mirada. Mientras la batalla mágica convertía la sala en un campo de ruinas, él siguió caminando hacia el trono con la misma serenidad con la que había recorrido los jardines del palacio. No parecía escuchar las explosiones ni sentir el calor de los conjuros que estallaban a su alrededor. Cada paso era firme, medido, inevitable. El anciano continuaba observándolo con aquella sonrisa ausente, como un padre que creyera ver regresar a un hijo perdido muchos años atrás.
—Sabía… que volverías…

Los primeros en llegar fueron varios capitanes de la guardia, seguidos apenas unos instantes después por los visires. Nadie pronunció una sola palabra al cruzar el umbral. Las puertas del salón de una tonelada arrancadas. Las paredes estaban ennegrecidas por la magia y recorridas por profundas grietas. Restos de conjuros inestables seguían crepitando sobre el mármol, liberando pequeñas chispas de energía que iluminaban fugazmente la estancia. El aire estaba cargado de ozono, piedra quemada y sangre. Junto a una de las columnas yacía el cuerpo sin vida de una de las sirvientas. De la otra no quedaba el menor rastro. Y en el centro del salón, inmóvil sobre el trono que había ocupado durante décadas, permanecía el Sultán. La espada de la familia real seguía atravesándole el pecho, como si hubiera sido clavada allí para que toda Calimport contemplara un mensaje imposible de ignorar.

Nadie necesitó pronunciar lo que todos estaban pensando. Antes incluso de que amaneciera, los rumores comenzarían a recorrer las calles. Las acusaciones surgirían en los pasillos del palacio y las alianzas empezarían a resquebrajarse bajo el peso de la sospecha. Porque aquella noche no solo había muerto el gobernante de Calimport.

Aquella noche había comenzado una lucha por el futuro de toda Calimshan.

Prologo II - Cicatrices entre las ruinas (Calimport II)

14 de Eleint (Septiembre) de 1373

La luz comenzaba a filtrarse entre las torres de Calimport cuando Halim ben Yaraz, Serenya Vaelaris y Kharid Ah-Hakim cruzaron los jardines interiores acompañados por una escolta de la Guardia de Oro. A aquellas horas, los criados ya habían retirado los cadáveres y buena parte de la sangre había desaparecido de los senderos, pero nadie había intentado ocultar los daños. Había columnas partidas, balaustradas arrancadas y profundas cicatrices negras sobre el mármol. Algunos árboles se habían quebrado por la mitad sin señales de fuego o impacto alguno, como si una fuerza invisible los hubiera retorcido desde el interior. Decenas de hombres recorrían la zona con tablillas, pergaminos y pequeños instrumentos arcanos, registrando cada rincón con una disciplina casi militar.

La Guardia de Oro no se parecía a los soldados que custodiaban las calles de Calimport. Eran veteranos. Hombres y mujeres con cicatrices demasiado antiguas como para presumir de ellas, armaduras impecables y esa clase de silencio que solo conservaban quienes habían sobrevivido a demasiadas batallas. Entre ellos se movían varios magos con túnicas color marfil y oro, examinando paredes, tomando muestras de piedra o trazando símbolos en el aire. Ninguno parecía especialmente complacido con la presencia de representantes de tres gremios en mitad de su investigación.

—No toquéis nada que no sea necesario —advirtió uno de los oficiales sin molestarse en ocultar su desagrado—. Y si encontráis algo, lo comunicáis antes de moverlo.

Kharid recorrió con la mirada el jardín antes siquiera de responder. Había demasiados daños para un enfrentamiento tan breve. Escudos partidos, piedras arrancadas del suelo y marcas de impactos distribuidas en posiciones demasiado precisas para haber sido fruto del caos. Aquello no parecía simplemente el rastro de tres atacantes abriéndose paso hasta el Sultán. Parecía el resultado de un asalto calculado.

El interior del palacio era todavía peor. A cada nuevo corredor aparecían más señales del combate. Había puertas atravesadas, paredes calcinadas y largos surcos de espada abiertos directamente sobre el mármol. Algunos cortes penetraban varios dedos en la piedra y continuaban durante casi un metro antes de desaparecer. En una esquina, dos soldados de la Guardia de Oro reconstruían la posición de una línea defensiva a partir de fragmentos de escudos y manchas oscuras sobre el suelo. En otra, un grupo de magos permanecía arrodillado alrededor de un círculo de runas deformadas que todavía desprendía pequeños destellos azulados.

Serenya fue la primera en detenerse. No necesitó acercarse demasiado para notar que algo no encajaba. La Urdimbre alrededor del corredor no estaba simplemente alterada por el uso de magia poderosa. Había zonas donde parecía estirada, otras donde se plegaba sobre sí misma y algunos puntos en los que la estructura mágica del lugar parecía haber sido forzada hasta casi romperse. Nesryn Al-Mushri observaba desde unos pasos más atrás. La Gran Visir se aproximó cuando Serenya comenzó a examinar una de aquellas anomalías. No había impaciencia en sus movimientos. Llevaba varios pergaminos bajo un brazo y tenía manchas de tinta en los dedos, como si llevara horas tomando notas.

—También lo habéis notado.

Serenya mantuvo la atención sobre la perturbación.

—Esto no lo provoca una descarga elemental.

—No.

Nesryn levantó una mano y trazó lentamente una figura sobre el aire. Durante unos segundos aparecieron decenas de filamentos luminosos alrededor de ambas. La mayoría seguían recorridos irregulares, pero algunos parecían desaparecer en un punto para reaparecer varios pasos más adelante.

—Alteración espacial —dijo la Visir—. Posiblemente temporal en algunos sectores.

Halim se acercó lo suficiente para observar el patrón. Aquello iba mucho más allá de una simple teleportación. Nesryn dejó desaparecer las líneas.

—Y antes de que lo preguntéis, sí. Ese tipo de manipulación está prohibida dentro de Calimport. — La respuesta llegó con demasiada rapidez como para ser casual.

Halim comenzó a recorrer las zonas donde la magia parecía haberse concentrado con mayor intensidad. Había restos de evocación, abjuración y otras disciplinas arcanas más difíciles de distinguir después de tantas horas, mezcladas unas con otras hasta formar una especie de cicatriz sobre la Urdimbre. Sin embargo, entre aquellas huellas aparecían otras distintas. No reaccionaban como la magia convencional. Carecían de buena parte de las estructuras reconocibles de un conjuro y parecían haber sido impresas directamente sobre el entorno mediante pura voluntad. Nesryn volvió a intervenir.

—No todo lo que ocurrió aquí fue magia arcana.

—Psiónica —concluyó Halim.

La Visir tardó un instante en asentir.

—Es nuestra principal hipótesis.

Uno de los magos de la Guardia de Oro levantó la mirada hacia ellos. Su expresión dejó claro que aquella conclusión ya figuraba en algún informe desde hacía horas. Serenya continuó siguiendo las alteraciones hasta una de las paredes. Allí la Urdimbre parecía haber sido comprimida violentamente antes de recuperar su forma original.

—Quien hizo esto sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Quienes —corrigió Nesryn—. Creemos que varias firmas se solapan.

—¿Mortales?

Por primera vez la Gran Visir no respondió inmediatamente.

—No he encontrado nada que demuestre lo contrario. — No era exactamente una respuesta.

Más adelante, Kharid se había detenido ante los restos de otra posición defensiva. Varias lanzas aparecían esparcidas por el suelo, algunas partidas y otras deformadas. Tres escudos de la Guardia de Oro permanecían apoyados contra una pared. No tenían cortes. Sus superficies estaban hundidas hacia dentro por impactos violentos y perfectamente concentrados.

—Esto no lo hizo una espada.— Kharid señaló uno.

El oficial que los acompañaba se encogió ligeramente de hombros.

—Magia.

—Ya veo que es magia.

La mirada del Ah-Hakim recorrió la distancia entre los escudos y la pared situada al otro extremo del pasillo.

—Lo que quiero saber es por qué alguien capaz de atravesar estos corredores eligió golpear exactamente aquí.

El guardia no contestó.

—Esa posición cubría la escalera hacia los aposentos reales —respondió otra voz.

Kamil El-Nur avanzaba hacia ellos apoyándose ligeramente en un bastón oscuro. La edad había encorvado parte de su cuerpo, pero no su mirada. El Gran Visir había dedicado tantos años a dirigir la seguridad de Calimport que parecía observar el escenario con la misma atención que Kharid.

—Los atacantes sabían dónde aparecerían nuestras líneas defensivas —continuó—. O tuvieron mucha suerte.

Kharid no parecía especialmente inclinado a creer en la segunda posibilidad.

—Quiero hablar con quienes lucharon contra ellos.

Kamil lo observó durante unos segundos antes de hacer un gesto a uno de los oficiales.

—Haced venir a Faris.

El hombre llegó pocos minutos después. Tenía un vendaje alrededor de la frente, el brazo izquierdo sujeto contra el pecho y el aspecto agotado de alguien que aún no había dormido. Permaneció rígido ante el Gran Visir.

Kharid fue directo.

—¿Golpeaste a alguno?

Faris pareció sorprendido por la pregunta.

—Sí.

Algunos guardias cercanos levantaron la vista.

—¿Dónde?

—En el brazo. A uno de los que acompañaba al espadachín.

—¿Y?

—Mi espada se partió.— El soldado vaciló.

Kharid miró el arma que el hombre todavía llevaba al cinto. Solo quedaban unos centímetros de hoja.

—¿Contra su armadura?

—No llevaba.

—Entonces ¿contra qué?

—No lo sé.— El joven trago saliva. — Algo apareció alrededor de él cuando golpeé. Verde. Como una capa de cristal… o luz. Mi espada chocó contra aquello y se partió antes de tocarle.

Halim observó el metal roto. No había señales de calor ni corrosión. Simplemente se había quebrado.

—Una protección bastante poderosa —murmuró.

—¿Sangró? — Pregunto el Qasrim

—No.

—¿Reaccionó al golpe? — Acompaño Halim

El guardia tardó unos segundos. —Me miró. Nada más.

Kamil hizo un leve gesto y Faris fue retirado. —Hay otros testimonios similares —explicó el anciano Visir—. Nada concluyente. Barreras, conjuros anulados, movimientos demasiado rápidos. La clase de historias que aparecen después de una batalla cuando nadie comprende realmente lo que ha ocurrido.

Kharid no apartó los ojos del soldado que se alejaba. —¿Alguien vio la cara del atacante principal?

Kamil negó lentamente. —Nadie que siga vivo.

Un capitán apareció desde uno de los corredores laterales con la paciencia de un hombre al que habían obligado a repetir demasiadas veces lo mismo. Tenía el rostro atravesado por varias cicatrices, el cabello gris cortado casi al ras y una antigua herida que le obligaba a caminar con una ligera rigidez en la pierna derecha.

—Me han dicho que queréis saber cómo luchaba. — abrió la conversación sin siquiera saludar a los tres.

Kharid asintió. —Quiero saber si reconocisteis su estilo.

—Sí.—El capitán apretó la mandíbula y tras un breve silencio. —Esgrima real calinista.

Incluso algunos miembros de la Guardia de Oro parecieron incómodos al escucharlo.

—¿Seguro? —preguntó Kharid y el veterano capitán clavó los ojos en él.

—Llevo cuarenta años viendo blandir una espada dentro de este palacio. Enseñé personalmente al príncipe a mantener una hoja antes de que pudiera levantarla correctamente. Sí. Estoy seguro.

Halim y Serenya intercambiaron una breve mirada.

—¿Podría aprenderla alguien fuera de palacio?— Pregunto Kharid

—Podría aprender movimientos. Copiar posturas. Memorizar formas. Pero aquello no era una imitación.

Señaló uno de los cortes que atravesaban el mármol.

—El tercer cambio de guardia. La forma antigua. — Kharid reconoció el nombre. Una transición utilizada para pasar de defensa a contraataque sin modificar apenas la posición de los pies.

—Hace generaciones que no se enseña fuera de la familia y algunos oficiales de la Guardia —añadió el capitán—. ¿Eso significa que fuera el príncipe? No. Significa exactamente lo que he dicho. — Su tono dejó claro que no pensaba regalarles ninguna conclusión adicional.

La última testigo estaba esperando cerca del salón del trono. Era una de las jóvenes que había trabajado como sirvienta en los aposentos reales. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color. Kamil permaneció presente mientras respondía.

—Lo vi acercarse al Sultán —explicó—. No habló.

—¿Viste su rostro? —preguntó Kharid.

—Llevaba una máscara blanca.

—Entonces no. — Aseveró Serenya

La mujer bajó la mirada.

—No exactamente.

Halim ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Qué significa eso?

—Su cuerpo. Su altura. La forma de caminar.— La joven dudó antes de continuar. —Yo estaba aquí cuando el príncipe todavía vivía en palacio. No hablaba con él, claro, pero lo veía. En celebraciones. En los corredores. A veces en los jardines.

—¿Y crees que era él? – Pregunto Serenya

—Creo que… tenía su complexión.

Kamil permanecía completamente inmóvil con la vista clavada en la joven.

—El Sultán lo llamó hijo —añadió ella.

—Eso ya lo sabemos. — Protesto Kharid

—Él lo miró como si realmente lo reconociera.

Kharid volvió a insistir.

—¿Viste algo más?

La sirvienta se quedó callada durante varios segundos.

—Sus ojos.

—Has dicho que llevaba una máscara.

—Lo sé.— Parecía avergonzada incluso de su propia respuesta.

—No sabría explicarlo. La máscara era lisa, pero durante un momento… cuando volvió la cabeza… juraría que pude verlos detrás.

— Tranquila, estas segura, — Dijo con suavidad Serenya mientras la cogia de las manos,— ¿Cómo eran?

La mujer levantó por fin la mirada. —Llenos de odio. —No añadió nada más.

El salón del trono conservaba todavía buena parte de las heridas de la batalla. Habían retirado los escombros más grandes, pero nadie había reparado nada. Varias columnas permanecían apuntaladas y el techo estaba recorrido por profundas grietas. El mármol del suelo aparecía cubierto por quemaduras, surcos y pequeñas zonas donde la piedra había llegado a fundirse. En un lateral, una enorme cicatriz de espada atravesaba dos losas antes de desaparecer debajo de una alfombra calcinada.

El trono continuaba en pie. El cuerpo del Sultán había sido retirado y trasladado a una cámara preparada para conservarlo hasta las ceremonias funerarias de final de año, pero la marca de su muerte seguía allí. En el centro del asiento quedaba una mancha oscura imposible de eliminar por completo. Detrás, el respaldo mostraba un agujero limpio que atravesaba madera, oro y parte de la estructura de piedra situada a su espalda. Halim se acercó para observarlo. Aquello no había sido simplemente una estocada. La espada había atravesado al Sultán, el trono y el respaldo con una fuerza monstruosa.

—La hoja no está aquí —dijo.

Nesryn negó con la cabeza.

—Quiero examinarla.

—No es posible. — Contesto la Visir con tono firme.

Halim alzó la vista.

—Si conserva residuos mágicos podría ser la mejor forma de rastrear a quien la utilizó.

—Lo sé.

—Entonces…

—Está en la Cámara Real.— El tono de Nesryn no cambió. —Y continuará allí.

Serenya observó el respaldo perforado.

—¿Habéis confirmado al menos que sea auténtica?

Esta vez fue Kamil quien respondió.

—La Hoja Enjoyada de Medianoche. Espada de la familia real de Calimshan durante generaciones.

—¿Sin ninguna duda?

—Ninguna.

Kharid contempló durante unos segundos el agujero dejado por el arma.

—Entonces alguien entró aquí con una reliquia real, luchando con un estilo reservado a la familia real y dejó que el Sultán lo llamara hijo delante de testigos.

—Eso parece —respondió Kamil.

—Parece demasiado conveniente.

El anciano Visir no mostró reacción alguna.

Halim continuó observando las marcas.

—¿Cuándo se vio la espada por última vez?

Los dos Grandes Visires permanecieron callados un instante.

—Durante el torneo del año pasado.— Finalmente Kamil respondió.

—¿Quién la llevaba?

—El príncipe.

—¿Y después?

Kamil sostuvo su mirada durante unos segundos.

—La entregó al grupo que organizó el torneo.

—¿Entregó una reliquia de la familia real?— Serenya arqueó ligeramente una ceja.

—La regaló —aclaró Nesryn—. Delante de suficientes personas como para que no exista demasiada discusión al respecto. Fue su forma de reconocer públicamente los servicios prestados en la organización del torneo.

Halim volvió la mirada hacia el trono.

—Entonces la espada llevaba un año fuera de palacio.

—En teoría —respondió el Anciano Visir.

La elección de aquellas dos palabras no pasó inadvertida.

—¿En teoría? —preguntó Kharid.

El anciano Visir se apoyó ligeramente sobre su bastón.

—Sabemos a quién fue entregada. No sabemos cuántas manos pudo haber atravesado desde entonces.

—¿Habéis hablado con ellos? —preguntó Halim.

—La Guardia de Oro se ocupara de ello.— El tono amenazante del veterano capitán cerró la conversación con la misma eficacia que una puerta.

Halim permaneció observando el agujero del respaldo durante unos segundos más.

—Conveniente.

—¿Qué cosa?Nesryn lo miró de reojo.

—Una espada que toda Calimport vio abandonar las manos del príncipe hace un año reaparece clavada en el pecho del Sultán mientras un desconocido lucha exactamente como él.

Kamil no dijo nada.

—Si alguien quisiera que pensáramos que el príncipe ha vuelto —continuó Halim—, difícilmente podría haber preparado una escena mejor.

El anciano Gran Visir entrecerró ligeramente los ojos.

—O quizá no haya preparado nada.

Halim esbozó apenas una sonrisa.

—También es una posibilidad.

Durante la siguiente hora continuaron recorriendo el escenario. Serenya pudo confirmar que las mayores alteraciones de la Urdimbre procedían del enfrentamiento ocurrido dentro del salón del trono. Allí se habían utilizado conjuros de una potencia poco habitual incluso entre magos experimentados. Algunas huellas pertenecían con claridad a magia arcana; otras mantenían aquella extraña impronta psiónica que parecía deformar el entorno sin recurrir a estructuras tradicionales. Había también varios puntos donde el espacio había sido plegado sobre sí mismo, probablemente para desviar o redirigir ataques. Ninguno de aquellos rastros permitía identificar con certeza a sus responsables.

Halim examinó cadáveres que todavía permanecían en las cámaras laterales antes de ser trasladados. Los cortes eran limpios. Demasiado limpios. Muchas heridas habían alcanzado arterias, articulaciones o puntos vulnerables con una precisión que apenas dejaba margen al azar. Ninguno de los guardias abatidos por el espadachín parecía haber recibido más golpes de los necesarios. Pero no ocurría lo mismo con las víctimas de la magia.

Algunas armaduras estaban hundidas por varios impactos consecutivos. Había cuerpos con restos de múltiples descargas incluso cuando la primera habría bastado para derribar a cualquier hombre. Serenya también lo percibió en la Urdimbre. No era solo poder. En algunos puntos había repetición. Ensañamiento. Los conjuros habían seguido golpeando posiciones ya destruidas.

Cuando abandonaron finalmente el salón del trono, la Guardia de Oro comenzó a cerrar la zona detrás de ellos. Habían respondido a sus preguntas. Les habían permitido examinar heridas, estudiar restos arcanos e interrogar a varios testigos. Sobre el papel, difícilmente podrían acusar al palacio de haber obstaculizado su investigación.

Aun así, la sensación era otra. Los testigos habían estado siempre acompañados. Las respuestas habían sido precisas, pero cuidadosamente limitadas. La espada estaba fuera de su alcance. El cuerpo del Sultán también. Y cuanto más se aproximaban a algo verdaderamente importante, más rápido aparecía alguien dispuesto a explicarles exactamente lo que necesitaban saber. Kamil se detuvo antes de que alcanzaran las puertas del jardín.

—Confío en que hayáis encontrado útil vuestra visita.— No parecía una pregunta.

Nesryn permaneció a su lado. —Si descubrís algo relacionado con las alteraciones mágicas, debéis comunicárnoslo inmediatamente. Especialmente cualquier referencia a desplazamientos temporales o espaciales.

—Por supuesto —respondió Serenya.

Los tres continuaron caminando.

Solo cuando estuvieron lejos del salón del trono comenzaron a apreciar la verdadera magnitud del ataque. A la luz del día era imposible ocultarlo. Uno de los muros interiores había perdido casi toda una sección superior. Varias estatuas aparecían partidas por la mitad y parte de los jardines estaba completamente arrasada. Había decenas de escudos amontonados junto a uno de los accesos, esperando ser retirados. Muchos conservaban marcas de impactos mágicos extremadamente precisos: centros perforados, bordes reventados, superficies hundidas en los puntos exactos donde un hombre habría protegido el pecho o la cabeza. Aquello no parecía fuego indiscriminado.

Más allá, algunos magos de la Guardia de Oro continuaban midiendo una enorme zona ennegrecida alrededor de una fuente. El patrón arcano seguía siendo perceptible incluso desde varios metros de distancia.

Halim se detuvo un instante, Serenya también lo había sentido. La huella mágica de aquel lugar era distinta a la frialdad precisa de los cortes del espadachín. Allí había violencia. Una cantidad innecesaria de poder descargada una y otra vez sobre las defensas del palacio. Rabia visceral.

Kharid recorrió con la vista el jardín destrozado, las posiciones defensivas, los escudos deformados y las marcas que continuaban hasta el muro por el que los atacantes habían aparecido horas antes.

Tres personas decía la versión oficial. Tres personas habían atravesado una de las fortalezas mejor protegidas de Calimport, derrotado a la Guardia de Oro, superado las defensas arcanas del palacio y asesinado al Sultán.

Y, sin embargo, mientras abandonaban los jardines bajo la mirada de los soldados, la impresión resultaba difícil de ignorar. El palacio no tenía el aspecto de haber sufrido un asesinato, tenía el aspecto de haber sobrevivido a una guerra.